Estimados alumnos, con la colaboración de alguno de ustedes, hemos armado este blog, que nos permitirá un contacto mas permanente En el iremos colocando indicaciones trabajos, reflexiones y todo aquello que nos permita desarrollar adecuadamente el dictado de la materia. No duden en sugerir, criticar y aportar lo que consideren conveniente y necesario para obtener un buen resultado en este semestre y en esta materia.

Atentamente.

Prof. Ricardo del Barco
Profesor Adjunto

sábado, 31 de mayo de 2008

La representación política y la calidad

MARÍA ANTONIA MARTÍNEZ*

Resumen: El objeto de este artículo es reflexionar

sobre la noción de representación política, asumiendo

que podemos recurrir a dicho concepto para

calificar la democracia y constatando que, con

implicaciones diferenciadas, la inmensa mayoría

de los regímenes democráticos en la actualidad

entrarían en dicha categorización. El análisis

del concepto de representación política parte de

la consideración de que uno de los elementos que

lo definen es su carácter multidimensional. De

forma conjunta, se reflexiona sobre algunas de

las críticas que se han realizado a la democracia

representativa y los modelos de superación de las

que se han detectado como sus limitaciones.

Palabras clave: democracia representativa, crisis de la representación, calidad de la democracia,

deliberación, participación.

INTRODUCCIÓN

HACIA EL AÑO 2000 se establecía que el número de democracias

—en países con más de un millón de habitantes— que pervivían

en ese momento era de 69, la mayoría de las cuales —58%— había instaurado régimen democrático a partir de 1974 (Colomer, 2001:

233 y 238-241), dentro de lo que se ha dado en llamar tercera ola de

democratización. El Freedom in the World Country Ratings2 del año 2002

establecía que, sobre un total de 191, 52 países eran not free,* es decir, 27%

del conjunto de países considerados eran calificados de dicha forma. Por

el contrario, para ese mismo año, 85 países (44%), eran caracterizados

de free, quedando los restantes 28% incluidos dentro de la categoría de

partly free.

Sin entrar en consideraciones sobre las opciones de perdurabilidad,

estabilidad, inclusividad y calidad de muchos de estos nuevos regímenes,

lo cierto es que todos ellos pueden ser incluidos dentro del tipo democrático

representativo, al menos desde la perspectiva minimalista. Con

mayor insistencia como consecuencia de la caída del muro de Berlín,

la democracia se ha ido dotando de un plus de legitimidad. Ciertamente

no todos los regímenes democráticos que —como por ejemplo lo hace

el Freedom in the World Country Ratings— podemos contabilizar en la actualidad

son iguales. No lo son en sus diseños institucionales ni en el

desarrollo de los valores que los sustentan. No es de esto de lo que van

a tratar las siguientes páginas.

La democracia representativa contemporánea es resultado de la evolución

desde un modelo concebido por oposición a la democracia griega

(Manin, 1998; Sánchez y Lledó, 2002; Léfort, 1991; Rivero, 1998; García,

1998). Se ha señalado que “la historia del concepto de democracia es

curiosa; la historia de las democracias es enigmática” (Held, 1996: 15).

La democracia representativa, como construcción genérica, ha experimentado

una serie de transformaciones, resultado del devenir histórico,

que han afectado elementos fundamentales de la misma y, por tanto, la

manera en que se ha producido la representación política. En ese proceso,

sin embargo, determinadas características definitorias de la misma

se han mantenido, si bien su manifestación se ha modificado a lo largo

de las diferentes fases de tal tipo de democracia. Algunas de ellas serían

la elección de los gobernantes por los gobernados; la existencia de un

cierto margen de maniobra de los representantes en el ejercicio de su

función; la libertad de expresión y la formación de la opinión pública, y

el hecho de que las decisiones se alcancen mediante debate y deliberación

(Manin, 1998: 237-238). A estos elementos pueden añadirse otros

distintivos, tales como la existencia de una división de competencias entre

los diferentes poderes del Estado (Przeworski, 1998: 9-44).

Pero, como se ha señalado, la democracia representativa ha pasado

por diferentes momentos cualitativamente distintivos. La primera de las

fases de su desarrollo histórico es la que ha sido identificada con el auge

del parlamentarismo (Manin, 1998: 249). En ese contexto, el sufragio

era censitario y existía una serie de requisitos, más o menos restrictivos

en cada sistema político, que regulaban el acceso tanto al sufragio activo

como al pasivo. En ese marco se empiezan a articular partidos políticos

con una organización muy débil, inestables en el tiempo y que se

activaban fundamentalmente en momentos electorales (Katz y Mair, 1995:

9): los denominados partidos de cuadros o de notables. Cada diputado

actuaba en el parlamento de acuerdo con su propio criterio y el grado

de coordinación entre ellos era muy reducido. No existía disciplina de

voto, en sentido estricto, en los partidos o grupos parlamentarios, y las

divisiones y agrupamientos de parlamentarios eran volátiles e inestables

en el tiempo. La función más importante de los parlamentarios no era

la de transmitir una voluntad política formada fuera del parlamento o

poner en práctica un programa político diseñado con anterioridad. Por

tanto, la función de parlamentario no provenía de ser considerado el

portavoz de sus electores sino de ser su hombre de confianza (Manin, 1998:

249-250). Esta idea refleja muy bien los presupuestos sobre los que se

asentaba la representación política en esta fase histórica. En este contexto

se produce el triunfo del mandato representativo sobre el mandato imperativo

(Manin, 1998: 253; Torres, 1982: 7-30), al mismo tiempo que no

tiene cabida el principio de que el representado pudiese dar instrucciones

precisas al representante, o de revocarlo de su puesto.

El parlamento se situaba en el centro del sistema político. Como

los representantes no estaban comprometidos por las instrucciones

de los electores, la institución parlamentaria se convertía en un espacio

de deliberación, en un lugar donde los individuos conformaban

su voluntad mediante la discusión y el intercambio de argumentos. La

relevancia del criterio del diputado en el momento de votar incrementaba

el interés del debate parlamentario y éste adquiría, así, su verdadero sentido en la medida en que podía ser decisivo para convencer a

los diputados indecisos o para hacer cambiar de opinión a otros. Como

indica Manin, la posibilidad de que un diputado pueda cambiar de opinión

es una condición necesaria, aunque no suficiente, para que se produzcan

verdaderos debates y a su vez, en gran medida, es lo que otorga

centralidad al parlamento en el seno del sistema político (Manin, 1998:

252). La ampliación del sufragio que se produjo entre el último cuarto

del siglo XIX y el primero del XX provocó un cambio fundamental en la

naturaleza de la democracia representativa. La necesidad de movilizar

e incorporar nuevas clases sociales en el sistema político actuó como

motor del desarrollo de los partidos políticos de masas. Frente a los

partidos de cuadros o de notables característicos de la época anterior,

los partidos de masas se dotaron de una estructura organizativa sólida y

estable. Su presencia en los lugares de trabajo y de residencia de la clase

obrera era fundamental para facilitar la movilización de ésta, aunque

posteriormente no sólo fueron los partidos obreros los que adoptaron

este tipo de organización, sino también algunos partidos confesionales.

Gradualmente los partidos políticos fueron asumiendo nuevas funciones,

tanto políticas como sociales. Con su creciente presencia en los

sistemas políticos, sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial,

se modificaron las características de la representación política. La competición

electoral se articulaba en torno a los programas de los partidos

políticos y el comportamiento de los electores se entendía como la

expresión de una identidad de grupo o de clase, forjada en parte por las

actividades y el discurso de los propios partidos. Se fue desarrollando el

denominado “gobierno de partidos” o “democracia de partidos”, basado

en la existencia de partidos, organizativamente fuertes y cohesionados,

que competían en elecciones libres presentando programas de gobierno

que sometían al juicio del electorado (Thomassen, 1994: 252).

Estas transformaciones afectaron la forma en que los parlamentarios

desarrollaban su trabajo. Los diputados individuales vieron modificadas

sus capacidades con respecto a la fase anterior. Con el incremento de

la fuerza de los partidos se implantó la disciplina de voto en el interior

de cada grupo parlamentario. El mandato representativo se transformó

y se desdobló en un mandato puramente representativo que liga a los

electores con un partido y una relación similar al mandato imperativo que

vincula al diputado con el partido al cual pertenece (Garrorena, 1991:

66-67; Porras, 1996: 45). En este modelo los ciudadanos controlan a los

gobernantes fundamentalmente a través de las elecciones, momento en el

cual pueden sancionarlos no reeligiendo al partido por el que se hubiese

optado en las anteriores elecciones, es decir, haciendo efectivo el principio

de la responsabilidad política. A finales de los años sesenta y principios

de los setenta se comenzó a hablar de la crisis de representación política.

Los partidos continuaron acumulando recursos, pero cada vez se distanciaban

más de los electores. La existencia de medios de comunicación

de masas que les permitía emitir mensajes directamente al electorado

y de mecanismos de financiación pública que hacían que los afiliados

fueran menos necesarios como fuente de ingresos, son algunos de los

factores que se han aducido para explicar el progresivo distanciamiento

entre electores y partidos. Los electores, por su parte, habían adquirido

niveles de educación más elevados y desarrollado nuevos intereses que

los hacían más exigentes respecto a la oferta de los partidos. Los indicadores

que se utilizan para documentar la existencia de tal crisis de la

representación son la pérdida de legitimidad de los partidos políticos,

el declive en los niveles de identificación partidista, la creciente volatilidad

electoral y la disminución en la participación política (Andeweg,

1996; Paramio, 1999). El resultado es que se pasa de una relación de

confianza entre electores y partidos políticos a un número creciente

de electores que vota de manera diferente en cada elección. Sin embargo,

al incrementarse el nivel educativo medio del electorado y perder fuerza

sus lazos “afectivos” con los partidos, el elector también gana capacidad

de control de sus representantes, sea este control retrospectivo, cuando el

voto es el resultado de una evaluación de las actuaciones pasadas de los

representantes, o prospectivo, cuando el voto es el resultado de la consideración

de promesas de actuación en el futuro.

Realizada de forma sucinta esta descripción de los cambios que se

han producido en el seno de la democracia representativa, el objeto de

las páginas que siguen es reflexionar sobre la noción de representación

política, desde la asunción de que dicho concepto es una de las palabras

a las que podemos recurrir para calificar la democracia y desde la

constatación de que, con implicaciones diferenciadas, la inmensa mayoría

de regímenes democráticos que existen en la actualidad entraría dentro

de dicha categorización. De esta forma, el gran número de democracias

se englobaría dentro de la modalidad de régimen político que se

caracteriza por la elección de representantes a intervalos regulares, la

independencia parcial de los representantes, la libertad de la opinión

pública y la toma de decisiones previa existencia de un proceso de discusión

(Manin, 1998: 237-238). Otras definiciones han insistido en que el

modelo representativo se caracteriza, en primer lugar, por la existencia

periódica de elecciones que acontecen en un escenario de libertad y cuyo

fin es la selección de un cuerpo de representantes. Junto con ello, por el

hecho de que los electos han de responder de forma responsable frente

a los representados (Sartori, 1992: 233). Todas ellas son cuestiones sobre

las que se deliberará en las siguientes páginas.

SOBRE EL CONCEPTO DE REPRESENTACIÓN POLÍTICA

Uno de los elementos definitorios del concepto de representación política

es su carácter multidimensional. En su influyente libro de 1967, Hannah

Pitkin [1985] realiza un exhaustivo estudio de todas aquellas dimensiones

a través de las cuales puede entenderse el concepto de representación

política. Los análisis se han centrado, en gran medida, en las características

de los representantes y en la existencia de mecanismos eficaces de

rendición de cuentas (Sartori, 1992: 241-242). Pero éstas son, como se verá,

dos de las vertientes a través de las que puede concebirse el concepto de

representación política. Se ha señalado que la representación política es

un concepto multidimensional y cinco son las dimensiones que pueden

encontrarse en el mismo: a) la representación como autorización; b) la

representación como responsabilidad; c) la representación descriptiva;

d) la representación simbólica; y e) la representación como actuación

sustantiva (Pitkin, 1985). En el análisis de estas cinco dimensiones nos

vamos a centrar en las siguientes páginas de forma diferenciada, si bien

partiendo de la consideración de que las mismas se imbrican entre sí

y sólo a efectos analíticos es factible establecer una clara diferenciación

entre ellas. De hecho, estas dimensiones se relacionan e interconectan

entre sí de forma tal que se produce entre las mismas un refuerzo o

bien positivo o bien negativo.

1. La representación como autorización

Es ésta una conceptualización de la idea de representación que tiene su

origen en las elaboraciones de Hobbes, realizadas en el siglo XVII (Pitkin,

1985: 32). El poder del Estado y la autoridad del derecho no responden

a una elaboración racional realizada por los hombres. La aceptación de

su autoridad por parte del individuo se deberá únicamente al hecho

de que contribuyen a la seguridad de los seres humanos. La sociedad

se fundamenta, con ello, en la confianza mutua y en el cumplimiento

de los acuerdos. Esta idea de contrato —o de corporation en términos de

Hobbes— implica la existencia de un pacto entre individuos en virtud

del cual todos se someten a un soberano. Es la idea de representación

como autorización y se acompaña del principio de que si el soberano no

es capaz de mantener la seguridad de los individuos —único motivo que

justifica la sumisión de los súbditos— éstos pueden resistirse al soberano y

dar su obediencia a otro que sí asegure la protección (Sabine, 1982: 341-

349). Con el transcurso del tiempo, la representación pasará a implicar

autorización en el seno de la institución parlamentaria.

En la medida en que esta acepción de la representación implica

que se defina la misma en términos de realización de una transacción

que se lleva a cabo de forma previa a que comience realmente la representación

—y por tanto su criterio definidor se sitúa al margen de la misma

actividad de representación—, esta conceptualización se ha caracterizado

de perspectiva formalista (Pitkin, 1985: 42). Al hablar de transacción se

está señalando el proceso electoral, momento en el que se produce una

investidura de autoridad, de autorización, que va desde los votantes a

los electos (Pitkin, 1985: 45-47). Aun cuando se volverá más adelante

sobre estas cuestiones, la idea de representación en cuanto autorización

supone considerar que las elecciones constituyen el procedimiento para

dotar de autoridad, al mismo tiempo que se identifica que los electos son

libres, mientras que los electores están vinculados a las decisiones de sus

representantes. La democracia es desde esta lógica el método de elección

de los representantes, el proceso a través del cual los individuos acceden

al poder de decidir después de competir por el voto de los ciudadanos

(Schumpeter, 1984: 343). En este modelo, los electores cuentan con

los instrumentos —entendidos como preparación, tiempo, etc.— precisos

para elegir a los decisores, pero no para participar en el proceso de toma

de decisiones, de forma que en este esquema “la democracia no es el

gobierno del pueblo sino de los políticos” (Nun, 2000: 21). La autorización

puede ser, igualmente, entendida como un proceso que va más allá de la

investidura de autoridad. El otorgamiento de autoridad está destinado a

reconocer a los representantes la capacidad de gobernar, de forma que

“es precisamente porque el Parlamento se convierte en un órgano del

Estado por lo que se declara que éste representa a la nación, precisamente

porque ha de poder pasar de la parte de los ‘súbditos’ a la del ‘Estado’”

(Sartori, 1992: 230).

2. La representación como responsabilidad

Desde esta perspectiva, la representación es concebida, desde la óptica

de la rendición de cuentas, como accountability. La definición de la

representación como autorización implica considerar que las elecciones

conforman el mecanismo para dotar de autoridad, los representantes son

libres y los electores se encuentran vinculados a las decisones instrumentadas

por los elegidos. En oposición, la perspectiva de la representación

como responsabilidad concibe las elecciones como el proceso a través

del cual los electos adquieren responsabilidad y los representantes estarán

vinculados, deberán rendir cuentas de sus decisiones mediante las

elecciones. Los electores serán libres de volver a decantarse (o no) por

los mismos representantes.

A pesar de sus diferencias al establecer el elemento central sobre el que

pivotar la definición del concepto de representación, ambas perspectivas

han sido calificadas de formalistas. La definición de representación como

responsabilidad ha sido caracterizada de tal forma debido a que se considera

que también se sitúa al margen del proceso representativo. Y ello

en la medida en que se fundamenta en cómo termina la representación,

pero no considera cómo debe actuar el representante. De su conceptualización

no se desprende necesariamente que el representante actúe de

forma responsable y de acuerdo con los deseos de los electores, al menos

no de forma necesaria. Lo hará si desea conseguir la reelección, si bien

un comportamiento irresponsable no podrá ser cuestionado siempre

y cuando esté asegurado que tal representante podrá no ser reelecto

(Pitkin, 1985: 60-63). En cualquier caso, conceptualizar la representación

como responsabilidad implica hacer pivotar también la idea de la

representación sobre las elecciones. Los procesos electorales equivalen

a una tenencia de responsabilidad y la rendición de cuentas se remite a

otro momento —electoral— temporal posterior que servirá para que el

cuerpo electoral reelija (o no) al representante. Las elecciones, lo que

implican de rendición de cuentas y, por tanto, de volver a elegir (o no)

a un mismo candidato son identificadas, desde esta perspectiva, como

un mecanismo que actuará como condicionante de las actuaciones de

los representantes. Éstos, se considera, serán sensibles a las necesidades

y demandas de los electores y se guiarán por las mismas en sus acciones

(o no acciones) (von Beyme, 1986: 134).

Se ha referido que es posible que exista representación sin elecciones,

pero que no es factible concebir un modelo representantivo que no cuente

con comicios periódicos mediante los cuales los electores puedan exigir

responsabilidad a los electos (Sartori, 1992: 237). Sería una conceptualización

de la idea de responsabilidad concebida en una doble vertiente.

Por un lado, una obligación personal del representante en sentido estricto.

Por otro, una responsabilidad funcional, con la que se vincula(n)

la(s) actuación(es) del representante(s). En este sentido se señala que los

electos deben ser receptivos y responder por sus decisiones. Al mismo tiempo

se precisa que para poder ser responsable se debe ser también eficiente;

se distingue, así, entre gobierno receptivo y gobierno eficiente (Sartori, 1992:

234-235). Las actuaciones responsables de los representantes estarán, en

parte, potenciadas por el hecho de que los mismos llevarán a cabo, de

forma previa a que lo realicen los electores, un proceso de enjuiciamiento

de sus acciones (Manin, Przeworski y Stokes, 1999: 30-32). Si bien en sus

planteamientos son todas cuestiones que no se han de circunscribir al

momento electoral, lo cierto es que el desarrollo de la democracia representativa

ha situado las elecciones como el proceso nodal de la rendición

de cuentas. Sobre esta temática se volverá más adelante.

3. La representación como descripción

Desde esta perspectiva, el énfasis se establece sobre el nivel de equivalencia

entre las ideas, valores e intereses de los representantes y de la población.

La representación no se vincula a la asunción de autoridad ni tampoco a

la rendición de cuentas. La representación “depende de las características

del representante, de lo que es y de lo que parece ser, en el ser algo antes

que el hacer algo. El representante no actúa por otros; los ‘sustituye’ en

virtud de una correspondencia o conexión entre ellos, de una semejanza

o reflejo” (Pitkin, 1985: 67). Este planteamiento implica considerar tanto

el procedimiento a través del cual se selecciona a los representantes como

las características que éstos han de poseer. Se trata de seleccionar a una

persona que “nos sustituya personificándonos […]. Los miembros de las

corporaciones medievales se sentían representados no porque eligiesen

a sus mandatarios, sino porque mandatarios y mandados se pertenecían”

(Sartori, 1992: 234). Con la instauración de los primeros gobiernos representativos

se optó por el sistema de seleccionar a los representantes a

través del acto electoral con objeto de, primero, dotar de legitimidad al

gobierno a través del consentimiento expreso que implica una elección

y, segundo, lograr que los representantes fuesen socialmente superiores

a los electores (Manin, 1998: 109-120). Plantear la representación en

términos de representatividad provoca que la discusión también se vincule

con las relativas a los sistemas electorales y sobre las características

de los representantes —no sólo en términos ideológicos—, si bien se ha

referido que la representatividad no asegura la responsabilidad y que

ésta es prioritaria en el modelo representativo (Sartori, 1992: 234-235);

cuestiones sobre las que se incidirá más adelante.

4. La representación simbólica

Esta forma de acercarse a la idea de representación implica la asunción

de que una cosa puede ser sustituida por otra de acuerdo con la premisa

de que “los símbolos representan alguna cosa, que la hacen presente

mediante su misma presencia, aunque de hecho esa cosa no esté presente

de un modo fáctico” (Pitkin, 1985: 101). Para todos los efectos,

el representante simbolizará al pueblo, a la nación. Y la cuestión clave,

por tanto, será el proceso a través del cual se construya y se mantenga

la creencia entre la ciudadanía de que el representante lo simboliza. Lo

que dota de sentido a la representación, desde esta perspectiva, no es,

como hemos visto previamente, la actuación en nombre de otros, ni la

semejanza. La representación se construye, y mantiene, sobre la ficción

de que el representante es el símbolo del pueblo. Lo relevante es el proceso

mediante el cuál la población crea, acepte, se socialice y desarrolle

determinado tipo de actitudes que implican su aceptación de ese símbolo

no convencional (Pitkin, 1985: 111-112). Esta idea de representación

remite en consecuencia al principio de la legitimidad.

Ha sido la discusión sobre la legitimidad una de las cuestiones que,

desde diferentes perspectivas, ha atravesado la ciencia política y ha dado

origen a una ingente bibliografía. La viabilidad de un sistema político se

ha hecho depender del apoyo de los ciudadanos hacia las autoridades, el

régimen político y a comunidad política (Easton, 1965: 267-277). Easton

desarrolló en 1965 —reformulada en 1975— una clásica distinción entre

apoyo difuso y apoyo específico. El apoyo difuso atendería las evaluaciones

acerca de lo que un objeto político es o representa al margen, en principio,

de lo que hace, es decir, de cómo realiza sus actividades y tareas. Se

trataría de “una reserva de actitudes favorables o de buenos deseos que

ayuda a los miembros a aceptar o tolerar los outputs a los que en principio

se opondría o las consecuencias derivadas de esos resultados que

saben les serán perjudiciales” (Easton, 1965: 273). Este tipo de apoyo se

manifestará en la confianza que el ciudadano tiene en que el régimen

—o la institución en concreto— producirá los resultados esperados o

deseados sin necesidad de presionar o vigilar para que lo haga (Easton,

1975: 447). También se medirá en la legitimidad conferida al régimen

—a la institución también en concreto—, es decir, la convicción de que

es correcto y adecuado aceptar y obedecer a las autoridades y tolerar las

consecuencias del régimen, dado que éste se ajusta a los principios morales

del ciudadano, a su propio sentido de lo que está bien y es adecuado en

la esfera política (Easton, 1965: 278; 1975: 451). Por su parte, el apoyo

específico estará referido al conjunto de actitudes positivas que los ciudadanos

manifiestan tener y que son resultado de las percepciones acerca

de la eficacia con las que el régimen en general realiza sus funciones y

satisface las demandas —más o menos articuladas— de la ciudadanía. Este

tipo de apoyo surge de la actividad concreta —resultados o outputs— o

general —gestión o performance (Easton, 1965: 268; 1975: 437).

Uno de los esquemas propuestos para debatir la democracia y las consiguientes

instituciones representativas como posibilidad, se articuló sobre

la relevancia que tenían los factores culturales. Al analizar qué factores

estaban relacionados con el surgimiento y estabilidad de las democracias

—pero intentando superar el planteamiento que implicaba focalizar

los estudios en las condiciones económicas y sociales asociadas a tal

tipo de régimen político—, el énfasis se estableció sobre el conjunto de

valores y actitudes políticas que son compartidos y que conforman el

fundamento de la estabilidad democrática (Almond y Verba, 1963). Estudios

posteriores sobre los factores que incidían en la quiebra democrática

se articularon sobre la premisa de la relevancia de la lealtad de las elites

hacia los mecanismos e instituciones democráticas (Linz, 1987). Los estudios

sobre los procesos de transición política basados en las estrategias

de los actores plantearon como variable implícita la cultura política de

las elites (Diamond, 1993: 4). Estos trabajos no entraban en la discusión

de si una cultura política deficiente era la variable que explicaba

el mal funcionamiento y el derrumbe de los regímenes democráticos o

si el esquema resolutivo era el inverso. Señalaban, únicamente, que la

presencia de determinados factores en las conductas de las elites podían

ayudar a que las democracias no desaparezcan. En esta línea de análisis,

un aspecto relevante deriva de que las nuevas reglas, mecanismos y

procedimientos democráticos precisan, para su realización efectiva, de

un complejo proceso de institucionalización (Valenzuela, 1990). El principal

componente de este proceso es el aprendizaje político que se desarrolla

durante la transición y que debe constituirse en el núcleo central

del nuevo experimento político en la medida en que se configura en la

forma genérica para lograr el surgimiento de las identidades, rutinas y

criterios compartidos para la resolución de los conflictos en cualquier

sociedad (Lechner, 1986: 154-179). La construcción de un marco de referencia

mediante el aprendizaje político favorece el establecimiento de

regímenes democráticos caracterizados por su funcionamiento regular.

Así se ha argumentado que la persistencia de un régimen político está

relacionada con el apoyo que éste sea capaz de generar, ya esté definida

la legitimidad en términos de creencias y apoyos o en relación con la

presencia o ausencia de opciones preferibles (Linz, 1987; Morlino, 1985;

Przeworski, 1988; Offe, 2001).

5. La representación como actuación sustantiva

Es ésta la dimensión de qué debe entenderse por representación por la

que opta Pitkin, para quien

representación significa aquí actuar en interés de los representados, de una

manera sensible ante ellos. El representante debe actuar independientemente;

su acción debe implicar discreción y discernimiento; debe ser él

quien actúe. El representado debe ser también (se le concibe como) capaz

de acción y de juicio independientes, y no comportarse meramente como

necesitado de cuidado (Pitkin, 1985: 233).

Esta definición de representación agrupa y complementa, desde nuestra

perspectiva, algunas dimensiones que hemos analizando con anterioridad,

y sobre las que haremos ahora otras matizaciones. No se realizará una

consideración diferenciada de la representación en cuanto legitimidad

en la medida en que optamos por considerar a ésta como una variable

dependiente del funcionamiento de la dimensión de la representatividad,

de la receptividad y de la accountability.

Ciertamente para que esta idea de representación política utilizada

pueda construirse, la primera condición que debe satisfacerse es que

se esté en un régimen democrático, definido éste en términos procedimentales.

Sólo cuando se asegura el principio de la inclusión —todos los

ciudadanos mayores de edad pueden participar en política— y el de la

contestación —la competición política permite la alternativa en las instituciones—

(Máiz, 2001: 184) es posible encontrarnos en un escenario

donde pueda ser efectivo el concepto de representación política como

ha sido definido (Pitkin, 1985: 255-262).

Desde la perspectiva de la dimensión sustantiva, la representación

se construye a partir de la relación que se entabla entre ciudadanos y

políticos, los dos actores claves del proceso. La correspondencia entre

estos dos actores fundamentales se establece mediante tres escenarios de

relación (Manin, Przeworski y Stokes, 1999: 7-12). El primero de ellos

se articula sobre las señales emitidas por los ciudadanos y las políticas

instrumentadas. Esta relación ha sido denominada receptividad o

—usando la terminología utilizada por Pitkin— implicaría que las políticas

de los representantes serían sensibles a las opiniones y deseos de

los ciudadanos. Algunos autores han establecido que uno de los elementos

básicos de un sistema representativo se fundamenta en la respuesta

de los representantes ante los representados (Sartori, 1992: 238). También

Dahl ha insistido en la idea de que una de las características de la

democracia es la permanente receptividad del gobierno a las preferencias

de los ciudadanos (Dahl, 1989: 13). Un gobierno demostrará su receptividad

si pone en marcha las medidas consideradas como óptimas por

los ciudadanos. Será a través del apoyo del electorado a una determinada

opción política y al programa electoral defendido por ésta —o expresado

por la población a través de manifestaciones, firma de peticiones,

etc.— como la ciudadanía hará llegar a los políticos y representantes

sus propias opciones. En este esquema de comunicación es preciso

considerar también las influencias que se orientan desde los políticos a

los electores, así como los influjos mutuos, que se producen para aquellos

issues que permanecen largo tiempo en la agenda. Es ésta una cuestión

especialmente relevante en la medida en que diferentes investigaciones

—englobadas algunas de ellas dentro de lo que se ha denominado como

agenda-setting— han puesto de manifiesto la influencia de los medios de

comunicación en el establecimiento de la agenda pública de issues (Canel,

1999: 188-203), temática a la que se volverá más adelante.

El segundo escenario que vincula a ciudadanos y políticos, y a través

del cual se construye la representación, pone en relación los mandatos con

las políticas. Desde esta perspectiva, los políticos proponen una serie de

opciones a los ciudadanos —contenidas en los programas electorales— que

son elegidas (o no) por los electores. En la medida en que los representantes

se guíen por la consecución de los contenidos programáticos votados

por los ciudadanos, estarán teniendo una actitud de receptividad ante

los electores. La idea del programa electoral como contrato condicionaría

la actuación de los representantes y los obligaría ante los ciudadanos.

De esta forma se ha señalado que los programas electorales predicen las

políticas futuras y que, por tanto, sí existe tal receptividad (Norris, 2001). El

tercer escenario que relaciona a representantes y representados es el que

se establece entre resultados y sanciones, denominado como accountability.

Es éste el mecanismo que crea los procedimientos y las condiciones a

través de los cuales los representados premian o castigan a los representantes.

Cuando las actuaciones de los partidos —o de los políticos

considerados individualmente— son evaluadas de forma positiva por los

electores, éstos volverán a decantarse por la misma opción política. Si la

valoración, por el contrario, es negativa, el votante no dará su apoyo a

dicha formación. Es ésta una cuestión capital de todo el proceso representativo

que ha centrado los análisis de gran número de teóricos y en

especial de algunas obras de Dahl (Máiz, 2001: 184).

Esta idea de representación pone el énfasis en tres cuestiones capitales:

el representante actúa en nombre del representado; en su actuación

el representante debe ser sensible ante las opciones de los ciudadanos; los

representados deben comportarse de forma activa e independiente. Ello

implica responder, entre otras, a preguntas tales como: ¿quién establece

en cada momento cuál es el interés general?, ¿qué ha de prevalecer: el

interés general o el interés particular?, ¿cuáles son los límites para que

el representante actúe en nombre del representado?, ¿cuáles son los mecanismos

para que la comunicación se establezca entre el representante

y el representado?, ¿cuáles son los instrumentos establecidos para que

el representado pueda actuar de forma activa?

5.1. Los representados deben comportarse de forma activa e

independiente

Los comicios electorales son concebidos como procesos en los que se

produce tanto la selección de los representantes y de las opciones que

representan como la rendición de cuentas de los mismos. En este apartado

nos centraremos en la primera de las vertientes. A través de las elecciones,

los representados seleccionan a sus representantes y las políticas que

han de echar a andar si resultan electos. Acontece en este proceso un

análisis prospectivo por parte de los electores sobre las actuaciones que los

representantes tendrán (o deberán realizar) en el supuesto de que sean

electos (Fearon, 1999: 58-59). Pero, igualmente, los votantes llevarán a

cabo un juicio retrospectivo sobre lo que los representantes han realizado

(o deberían haber llevado a cabo). Desde esta última perspectiva, las

elecciones son concebidas como el momento de la rendición de cuentas

(Manin, Przeworski y Stokes, 1999: 30; Sartori, 1992: 235; Cheibub

y Przeworski, 1999: 231-232).

Si nos centramos en la primera de las vertientes consideradas sobre

las elecciones —selección de los representantes— nos encontramos en

un contexto casi totalmente dominado en la actualidad por los partidos

políticos (Sartori, 1992: 240). Sin embargo, los partidos se han ido situando

en escenarios donde cada vez les es más difícil lograr el apoyo

de los electores. La razón que se argumenta para explicar tal situación

es el debilitamiento de los lazos tradicionales y de las lealtades entre

los partidos y la población. También han disminuido su eficacia los

mecanismos tradicionales de solidaridad y los incentivos materiales que

los partidos podían ofrecer —esto es, se ha pasado de los fuertes partidos

de masas a los partidos catch all o a los cartel parties (Katz y Mair, 1995).

Todo ello ha afectado negativamente a los partidos en su relación con la

ciudadanía. Las formaciones políticas se han visto obligadas a analizar de

forma permanente las preferencias de los electores y, sobre todo, a hacer

depender el apoyo de los votantes de su propia capacidad de receptividad

(von Beyme, 1986: 132-133). Si ésta es una cuestión especialmente delicada

para los partidos que se encuentran en una posición de incumbent, lo es

más para los partidos de oposición. Y ello debido a que éstos van a ser

valorados en función de sus propuestas y no tanto de su capacidad de dar

respuesta concreta y resolutiva a las demandas de la población (Fearon,

1999: 58-60). Se destaca que los representantes —los partidos— tienden,

en los nuevos contextos de competencia, a realizar un análisis racional

de las implicaciones futuras de sus propuestas y, sobre todo, a estar más

interesados que en el pasado en conocer las fluctuaciones y cambios en

las demandas de la población (Fearon, 1999: 64-66). Se ha señalado,

pese a ello, que los representantes no han sido muy eficaces en la incorporación

de las nuevas demandas sociales debido, en gran medida y de

acuerdo con el modelo de cartel party, a que los partidos tienen pocos

incentivos para ser receptivos, ya que tienen asegurada la financiación y

su pertenencia al sistema (Katz y Mair, 1995: 20-23).

Además de lo precisado, hay otra variable que influye en gran medida

en la capacidad de los representados de actuar de forma activa e independiente,

tal como es el sistema electoral. Se ha referido habitualmente

que los sistemas electorales proporcionales potencian una mayor representatividad,

pero una menor gobernabilidad, mientras que los sistemas

mayoritarios establecerían una relación opuesta entre ambos puntos

(Lijphart, 2000: 141-164; Sartori, 1992: 235-236; Penadés, 2000: 47-48).

También se ha señalado que ambas modalidades de sistema electoral

se desarrollan a partir de dos visiones diferenciadas de las elecciones

en cuanto mecanismos democráticos y de dos imágenes distintas de la

influencia de los electores a través del sistema electoral. De acuerdo con

este planteamiento, las elecciones son un procedimiento para que los

ciudadanos puedan exigir responsabilidades por sus políticas a los representantes

y el mecanismo a través del cual se identifican las preferencias

y orientaciones de los electores (Cheibub y Przeworski, 1999: 224-226).

Desde esta perspectiva, el sistema mayoritario asegura ambos términos

de la ecuación, al mismo tiempo que favorece la conformación de mayorías

que aseguren una mayor eficacia en la gobernabilidad del sistema

y en la efectividad del proceso de toma de decisiones e implantación

de las mismas. Sin embargo, el modelo mayoritario genera importantes

desigualdades en lo que se refiere a la representación de los diferentes

segmentos o individuos (Dahl, 1973: 19).

Con el modelo proporcional se parte de la asunción de que los ciudadanos

no constituyen un grupo homogéneo en relación a creencias,

valores e intereses, y se asume que es preciso tener en cuenta —en la

mayor medida posible— esa diferenciación. Si bien es cierto que los modelos

proporcionales pueden dificultar la gobernabilidad —y potenciar el

pacto y las coaliciones—, este diseño permitirá que estén representados

un mayor número de intereses diferenciados, de forma que los órganos

representativos tendrán un mayor nivel de representatividad. Ya que las

elecciones también sirven para que los ciudadanos puedan exigir responsabilidades

a los representantes, los modelos proporcionales permitirán que

un superior número de grupos diferenciados cuenten con los mecanismos

para exigir una mayor receptividad (Powell, 2000: 6-9). Finalmente, los

sistemas mayoritarios contribuyen a debilitar la representación política

tanto en su dimensión simbólica como en la de la representatividad. En

la medida en que el modelo mayoritario posibilita que más ciudadanos

puedan percibir que los procedimientos electorales no permiten que su(s)

opción(es) preferida(s) obtenga(n) un mayor rendimiento en puestos de

representación, estos grupos pueden sentirse excluidos, inmersos en un

sistema institucional que no es sensible a sus propias demandas, y que no

es, tampoco, eficaz en la resolución de las mismas; y pueden desarrollar,

por tanto, comportamientos antisistema o valoraciones deslegitimadoras

(Norris, 1999: 215).

Hay una segunda dimensión del diseño de un sistema electoral que

influye igualmente en lo que hemos denominado capacidad de los representados

de comportarse de forma activa, si bien también interviene en

la rendición de cuentas. Nos referimos a la modalidad de lista electoral

y al tipo de voto. Cuando nos encontramos un sistema de lista cerrada y

bloqueada, la capacidad del votante para seleccionar al candidato —individual—

es limitada. El lugar que el representante ocupe en la lista

va a depender no tanto de su calificación por la ciudadanía como de su

posición en el interior de la formación partidaria. Son los partidos los

que se fortalecen en el proceso de elaboración de listas de candidatos que

han de competir en los comicios electorales, de forma que el proceso de

reclutamiento y de selección de elites dependerá de ellos. Ciertamente

ello también influye en el proceso de rendición de cuentas del representante

ante la población, si bien en este supuesto se entiende que el que

se somete a dicha rendición no es tanto el candidato individual como

el partido en su conjunto. En oposición, los modelos de listas abiertas

y el tipo de voto preferencial favorece la influencia del electorado en la

decisión de quiénes han de ser los representantes, considerados éstos

en términos individuales, y facilita la exigencia de responsabilidad por

parte de la ciudadanía. De esta forma, diferentes planteamientos abogan

por la introducción de modelos de listas, así como la adopción de tipos

de votos preferenciales, con el objeto de mejorar la participación de

los electores en la selección de candidatos, disminuir el poder de los

partidos políticos en el reclutamiento de la elite política y mejorar la

rendición de cuentas (Mitchell, 2000: 341-350; Baras y Botella, 1996:

176; Montero, 1998: 51-53).

5.2. El representante actúa en nombre del representado y debe ser

sensible ante las opciones de los ciudadanos

Si consideramos la segunda vertiente de las elecciones —en cuanto a

rendición de cuentas de forma vertical— son varias las cuestiones que

se plantean. A través de las elecciones se seleccionan representantes,

pero también los electores se decantan por programas (Cotarelo, 1985:

109). Una de las transformaciones que implicó el desarrollo de la teoría

moderna de la representación fue la adopción del principio de la primacía

del mandato representativo en una doble vertiente. Por un lado,

la vigencia de la idea de que el representante es independiente respecto

de sus electores y, en consecuencia, puede actuar en función del dictado

de su conciencia. Por otro, la virtualidad del principio de que el representante

lo es de todos los electores, de toda la nación, y no únicamente

de aquellos que lo han elegido o de los electores de su circunscripción.

La esencia de esta concepción sería que, al representar a todos los ciudadanos,

el representante no se encuentra vinculado por las opiniones

de ninguno de ellos (Rodríguez, 1987: 137-190). Algunos autores han

propuesto realizar, desde esta perspectiva, una diferenciación entre lo

que denominan el focus y el estilo de la representación. Al hablar de focus

se refieren el tipo de interés que defiende el representante y que puede

ser el de toda la nación o el de los electores de su circunscripción.

El estilo de la representación remitiría al tipo de relación que ligaría

al representante y al representado, de forma que se estaría hablando

del margen de independencia de los representantes en relación a sus

representados (Thomassen, 1994: 235-238). En correspondencia con

esta cuestión, una primera idea que puede reseñarse es que mediante

el acto electoral los representados se decantan entre varias ofertas programáticas

(Stimson, 1999: 197-198) y se establece un contrato entre los

electores y los representantes que se fundamenta sobre el cumplimento

del programa electoral. Es evidente que esta temática remite, entre otras

cuestiones, al debate sobre el mandato imperativo y el sometimiento de

los representantes a la disciplina del partido.

Este planteamiento nos introduce en una segunda línea de análisis

sobre esta cuestión y que se plantea sobre el nivel de adecuación que debe

existir entre las acciones-decisiones de los representantes y las promesas

electorales. Si el programa electoral es percibido como un contrato entre

representantes y representados, aquéllos deben sujetarse al mismo en su

actuación política. En numerosas ocasiones este hecho no acontece, de

modo que las políticas que se ponen en marcha no tienen correspondencia

con lo que se defendió durante el periodo preelectoral. La información

deficiente a la población durante la campaña puede conjugarse con una

tendencia a la retórica de la elite política, a lo que puede contribuir la

cultura política imperante en el contexto de que se trate (Stokes, 1999:

98-103). Sin embargo, se ha planteado que los representantes no tienen

que, necesariamente, sujetarse al mandato que implica el programa

electoral cuando, en primer lugar, la mayor información a la que se

accede después de ser elegido desaconseja la puesta en práctica de alguna(

s) de la promesas enunciadas. En segundo término, cuando se haya

producido una modificación sustancial del contexto que, igualmente,

desaconseje la implantación de alguna(s) propuesta(s) realizada(s) en el

periodo pre-electoral (Manin, Przeworski y Stokes 1999: 38-42).

Como se observa, ello introduce la idea de la discrecionalidad provocada

por el hecho de que la búsqueda del interés general puede originar

decisiones opuestas a o contradictorias con lo que se prometió. El

ejercicio del poder de forma responsable puede llevar a la instrumentación

de medidas que incumplan lo que se ha prometido. Estaríamos ante escenarios

en los que no habría ningún mecanismo institucional para asegurar

que la decisión del elector sea respetada, excepto si consideramos como

tal la siguiente contienda electoral y que, incluso si estamos de acuerdo

con esta idea, se problematiza en exceso si no se está en un contexto de

reelección de los representantes (Stokes, 1999: 126-127). De esta forma se

ha señalado que existe un equilibrio delicado entre receptividad y responsabilidad.

En la medida en que unos representantes puedan dejarse guiar

sólo por la búsqueda de medidas populares, de la satisfacción de intereses

que pueden ser incluso parciales y contradictorios, no realicen un análisis

de las implicaciones futuras de las decisiones (o no decisiones) y dejen

de buscar el interés general se podrá estar ante unos representantes que

son receptivos pero no (o escasamente) responsables (Sartori, 1992: 230-236).

Sobre esta cuestión esencial se volverá más adelante.

CRISIS DE LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA Y CALIDAD DE

LA DEMOCRACIA

La cuestión de cómo avanzar en el logro de una democracia de mayor

calidad está presente en los objetivos de los investigadores desde diferentes

perspectivas. La política deliberativa implicaría un mayor énfasis en los

procesos de discusión y de toma de decisiones que debería estar presente,

entre otros ámbitos, en el conjunto de las instituciones. La legitimidad,

se argumenta, no puede seguir fundamentándose en la existencia de

procedimientos democráticos, sino que precisa para su afianzamiento

de prácticas deliberativas. Las instituciones de la democracia deben ser

escenarios transparentes y abiertos al debate público si se desea que sigan

siendo legítimas (Habermas, 1998b: 381-392). Cuando se piensa en la

calidad de la democracia, las instituciones conforman una de las variables

sobre las que es preciso incidir para mejorar los productos democráticos.

Igualmente, cuando se reflexiona sobre el binomio democracia-globalización

y se aboga por la autonomía democrática o la construcción de

una democracia en términos cosmopolitas (Held, 1997: 115; Giddens y

Hutton, 2001: 311-313; Held y McGrew, 2000: 31-38), las instituciones

y su adaptabilidad constituyen uno de los temas básicos de discusión. Se

arguye, desde otra lógica analítica, que se está produciendo una extensión

de la democracia dialogante en el ámbito mundial, de las relaciones

personales, de los movimientos sociales y en los niveles organizativos. Ello

está teniendo implicaciones en la esfera política formal y terminará por

provocar, en un proceso que se presupone imparable, la democratización

de la democracia (Giddens, 1996: 122-138). Con otra perspectiva, pero

incidiendo igualmente en factores sustantivos, Dahl señala que uno de los

objetivos de la democracia es el logro de la igualdad política. Las instituciones

de las democracias más antiguas han evidenciado limitaciones en

la consecución de dicho requisito. De ello se deduce que hay que buscar

nuevas instituciones o reformar las preexistentes (Dahl, 1999: 73-93) o

en otros términos, “el desafío para los ciudadanos de las democracias

más antiguas reside en descubrir cómo pueden llegar a conseguir un

nivel de democratización más allá de la democracia poliárquica” (Dahl,

1999: 115).

Durante las últimas dos décadas se ha debatido profusamente acerca

de las transformaciones de la democracia representativa. Son mayoría

los autores que han realizado un diagnóstico de crisis o, al menos, de

replanteamiento de los principios en los que se asienta. Los partidos

continuaron acumulando recursos, pero se distanciaron cada vez más de

los electores. La existencia de medios de comunicación de masas, que les

permitía emitir mensajes directamente al electorado, y de mecanismos de

financiación pública, que hacía que los afiliados fueran menos necesarios

como fuente de ingresos, son algunos de los factores que se han aducido

para explicar el progresivo distanciamiento entre electores y partidos.

Los electores, por su parte, habían adquirido niveles de educación más

elevados y desarrollado nuevos intereses que los hacían más exigentes

respecto a la oferta de los partidos. Los indicadores que, entre otros, se

utilizan para documentar la existencia de tal crisis de representación son

la pérdida de legitimidad de los partidos políticos, el declive en los niveles

de identificación partidista, la creciente volatilidad y la disminución en

la participación política (Andeweg, 1996; Paramio, 1999).

En la siguientes páginas se va a reflexionar sobre algunas de las críticas

que se han realizado a la democracia representativa y los modelos de

superación de las que se han detectado como sus limitaciones. Al igual

que en las páginas precedentes, nos vamos a centrar en el calificativo

“representativa” desde la asunción de que éste es uno de los diferentes

conceptos que pueden ser aplicados a la democracia. El análisis va a

ser realizado siguiendo el mismo esquema que en la primera parte. Es

decir, las diferentes discusiones teóricas se van a agrupar en función de

las distintas dimensiones que hemos utilizado como caracterizadoras

del concepto de representación política. Si bien seguimos siendo conscientes

de que dichas dimensiones se entrecruzan entre sí —además de

que se refuerzan entre ellas en sentido tanto positivo como negativo—

y que por tanto es difícil en términos reales diferenciarlas, consideramos

que es un esquema eficaz en términos analíticos con el objeto, sobre todo,

de ordenar el debate. Algunas de las críticas que agruparemos en función

de las dimensiones de la representación utilizadas están (también)

dirigidas a cómo los partidos políticos han desempeñado tradicionalmente

sus funciones en el interior de la democracia representativa. Se

han señalado las crecientes dificultades de los partidos políticos para integrar

los diferentes proyectos y demandas presentes en la sociedad; para

integrar y mantener las lealtades; su tendencia a situarse en escenarios

autorreferenciales; su dependencia de los recursos económicos públicos;

en definitiva, el progresivo alejamiento entre ellos y los ciudadanos, con

el consiguiente crecimiento de los fenómenos de desafección política.

Todo ello tiene efectos en la legitimidad del sistema, si bien no se está

en un escenario de desaparición de esos mismos partidos (Montero y

Gunther, 2002: 16-17). Los partidos políticos son agentes esenciales en

la concreción de la representación política y también en algunas de las

críticas que se realizan a la democracia representativa. Pese a ello, y en

concordancia con los objetivos del proyecto de investigación, el análisis

que se realizará en las siguientes páginas no se centrará en este tipo de

organizaciones.

1. La representación como representatividad: límites y propuestas

De forma habitual, la discusión de la relación entre representación y

representatividad ha estado presente en todos los análisis sobre los sistemas

electorales. Al establecer la diferenciación entre el resultado de

las elecciones y la composición del cuerpo electoral, se han señalado las

disparidades entre voluntad de la mayoría y voluntad del conjunto de

electores. Mientras que el principio mayoritario potenciaba la gobernabilidad

en detrimento de la representatividad, el proporcional podía

dificultar la primera, pero asegurar en mayor medida la representación

de los diferentes cleavages presentes en la sociedad, cuestión ésta especialmente

relevante en contextos multinacionales o multilingües (Linz,

1998: 28). Se asume que la composición —de los legislativos— va a

condicionar la actividad de estos órganos; que la acción fundamental de

los parlamentos va a ser transmitir las diferentes opciones de los electores

y que la tarea de los legislativos no es gobernar, sino debatir y controlar

la acción del gobierno. En consecuencia, el principio de la mayoría será

adecuado como instrumento de decisión y de acción, pero no lo será en

cuanto mecanismo de representación de las minorías (Pitkin, 1985: 69-

70). En oposición, los tipos proporcionales serían una de las garantías

para asegurar que “las principales subculturas estén representadas en el

Parlamento en forma más o menos equitativa según su peso numérico”

(Dahl, 1989: 111) y para facilitar, en consecuencia, la estabilidad del

sistema al fortalecer la inclusión.

La segunda vertiente a que remite la dimensión de representación en

cuanto representatividad, como ya se ha mencionado, es a las características

de los representantes. El cuestionamiento del principio de igualdad,

en la disputa del poder consustancial al pluralismo, y de la neutralidad etnocultural del Estado liberal (Kymlicka, 2003: 76-77), el desarrollo

de los estudios feministas y la relevancia de los planteamientos multiculturalistas,

hacen que esta cuestión se haya convertido en un tema

central en las discusiones sobre la calidad de la representación política.

La construcción de la representación tradicionalmente se ha llevado a

cabo a través de los partidos políticos y buscando que trasladase, en

mayor o menor grado, a los órganos representativos las creencias y preferencias

de los ciudadanos. Ahora se argumenta sobre la necesidad de

construir la representación considerando, también, la dimensión simbólica;

la que podríamos llamar dimensión de la empatía —en el sentido

de ponerse en el lugar del otro y poder identificar mejor sus ideas en

relación a ciertos temas—; y, finalmente, asegurar la defensa efectiva

de los intereses de los grupos más desfavorecidos, así como la presencia

de todos los segmentos presentes en la sociedad (Phillips, 1999: 241-

247). En términos genéricos, la elaboración de partida se sustenta sobre

la idea de que el modelo democrático representativo liberal no asegura

la igualdad política, al tiempo que no ha sido neutral en el tratamiento

de los diferentes grupos e individuos presentes en la sociedad. El modelo

liberal —y sus construcciones políticas— ha identificado, además, igualdad

con uniformidad. El resultado es que se ha excluido tradicionalmente

a los grupos más desfavorecidos del sistema y se han ignorado —como

mínimo— los valores e intereses colectivos de los segmentos minoritarios

a favor de los valores e intereses de la mayoría (Requejo, 1999: 306-307;

Kymlicka, 2003: 73-80). Se trataría no tanto de reproducir exactamente

a la sociedad como de expresar de la forma más cercana posible lo que

quiere ser representado. Desde esta perspectiva se aseguraría la mejor

aproximación a la participación de cada persona en la gestión de los

asuntos públicos (Agacinski, 1998: 166).

La que ha sido denominada como política del reconocimiento, política de la

identidad o política de la presencia (Lukes y García, 1999: 3; Phillips, 1999:

248) tiene que ver con la dimensión simbólica de la representación. En

la medida en que se garantiza la igualdad a los grupos más desfavorecidos

se consigue tanto que las decisiones sean más inclusivas como que

las respuestas estén más acordes con las demandas de la población. El

resultado es una mayor legitimidad del sistema. El planteamiento es

que, en la medida en que los órganos representativos estén más cercanos

a las características de la sociedad y se potencie la presencia de los

sectores desfavorecidos, se logrará, en primer término, incrementar la

participación y la implicación de esos grupos en el proceso decisional,

lo que redundará en incrementar la legitimidad del sistema (Young,

2000: 140-142; García, 2001: 224). En segundo término, se potenciará

la comunicación vertical ya que, según puede considerarse, en la medida

en que los grupos dominantes han desatendido históricamente las

demandas de los sectores más desfavorecidos éstos han visto afectada su

confianza en el proceso y contenido decisional. Si se potencia la presencia

real de dichos grupos en los órganos representativos, los integrantes de

los mismos considerarán que sus demandas serán mejor atendidas; se

aseguraría que los ciudadanos se involucraran más en la gestión de los

asuntos públicos; se potenciaría la comunicación vertical y horizontal y

ello redundaría, por tanto, en una mayor transparencia y accountability;

facilitaría la receptividad de los representantes; y, todo ello, incidiría de

forma positiva en la legitimidad del sistema (Baubök, 1999: 160-167;

Phillips, 1999: 240-242).

Finalmente, fomentar la presencia de representantes de dichos

sectores en las instituciones contribuirá fuertemente a potenciar la

comunicación horizontal entre los mismos representantes. La explicación

proviene del hecho de que determinados issues pueden no estar

presentes en la agenda, a pesar de ser cuestiones relevantes para

ciertos grupos. Aun cuando esos temas no estén en la agenda, es más

probable que los representantes puedan tener un conocimiento sobre

ellos que les permita tanto considerarlos relevantes como realizar una

tarea de deliberación sobre dichos contenidos. Ya que es imposible que

todos los temas estén presentes en la discusión pública durante la fase

previa a las elecciones, lo más probable es que sobre algunos de ellos

los representantes tengan que guiarse en el proceso deliberativo y decisional

de acuerdo a su propio criterio. Este proceso será facilitado

—se realizará con mayor empatía— si los representantes tienen una identificación

más estrecha con los grupos más desfavorecidos (Phillips, 1999:

245; Navarro, 2002: 173-175).

En contra de los presupuestos del modelo democrático representativo

liberal, se argumenta que el reconocimiento de los derechos políticos individuales

es insuficiente para asegurar que todos los individuos pueden

participar en igualdad de condiciones en la disputa por el poder. Sobre

todo, es incapaz de asegurar la representación igualitaria de las diversas

corrientes presentes en la sociedad (Kymlicka, 1999: 135-139; Baubök,

1999: 162-163). Pese a las críticas recibidas —fundamentadas sobre el

peligro que estas ideas implican para el mantenimiento del orden legal y

para asegurar la igualdad individual (Tully, 1995: 40-45; Badillo, 2003: 65;

Sartori, 2001: 61-122)—, estos planteamientos propugnan que no existe

contradicción entre asegurar la igualdad y potenciar una diferenciación

en el tratamiento de grupos. Al contrario, el tratamiento diferenciado

posibilitará la participación e inclusión de los segmentos tradicionalmente

marginados (Young, 1996: 120-125; Phillips, 1999: 249-251), así como

potenciará el desarrollo de comportamientos cooperativos y la estabilidad

del sistema, incluso en su dimensión de unidad territorial (Rotchild

y Hartzell, 2002: 47-50; Safran, 2002: 42-43). Sin embargo, también

se ha referido que el reconocimiento —incluso institucionalizado— de

la diferencia en el interior de una unidad territorial predeterminada

termina por trasladar la dinámica del reconocimiento y el tratamiento

diferenciado a los niveles inferiores y no resuelve el conflicto subyacente

en términos de legitimidad (Dietz, 2002: 218-219).

La cuestión relevante es, entonces, establecer cuáles son las características

políticamente importantes para la selección de los representantes y

que éstos satisfagan, en esta cuestión, el principio de representación en

cuanto representatividad; cuestión más compleja si se asume que dichas

características son mudables en función del tiempo y del espacio (Pitkin,

1985: 93). Una forma de superar esta crítica es argumentar que la selección

de dichos representantes no se debe plantear en términos de intereses de

grupo sino en función de puntos de vista compartidos (Young, 2000: 135-

145). En cualquier caso, es ésta una cuestión no totalmente resuelta, como

tampoco lo está el hecho de si los representantes responden únicamente

ante el grupo que representan o si los representantes de esos grupos han de

pertenecer exclusivamente al mismo segmento que representan (Kymlicka,

1996: 202-210). Las demandas de reforma se vertebran sobre la necesidad

de reconocer una ciudadanía diferenciada que compatibilice la individualidad

—y el reconocimiento de los derechos políticos sobre dicho planteamiento—

con el pluralismo nacional, étnico o cultural (Young,

1996: 100-102; Tully, 1995: 189). Se defiende que ello redundará en el

fortalecimiento de la estabilidad y la legitimidad del sistema, también en

términos territoriales (Rotchild y Hartzell, 2002: 47-50; Safran, 2002: 42-

43; Kymlicka, 2003: 120-166). La instrumentación práctica de estas ideas

ha de implicar reconocimientos en términos de diferenciación cultural o

de autogobierno. Ello con el objeto de lograr que se produzca tanto un

reconocimiento simbólico de la diferencia como un ejercicio práctico en

términos políticos de la diversidad y se evite lo que ha acontecido hasta

la actualidad: la marginación de los grupos desfavorecidos, la uniformidad,

la negación de la diferencia y la asimilación de la diversidad (Tully,

1995: 185-190).

¿Cómo instrumentar estos planteamientos en términos prácticos? Se

ha argumentado que las peticiones de reconocimiento de la diferencia

son diversas dependiendo de las características de los propios grupos.

Mientras que las demandas de los movimientos sociales son de carácter

transitorio, en la medida en que se relacionan con la obtención de

un objetivo concreto, las de los movimientos nacionalistas, feministas,

de inmigrantes o de las comunidades indígenas tienen un objetivo de

permanencia. Además, mientras que algunos grupos persiguen un integración

política de carácter igualitaria —feministas o inmigrantes—,

los movimientos indígenas o nacionalistas demandan una diferenciación

política con base territorial (Requejo, 1999: 312-314; Offe, 2001: 12-20).

En términos generales, las propuestas defienden la solución del déficit

representativo actual mediante la introducción de cuotas en las instituciones

representativas y de modelos estatales institucionalizados a través

de federalismos multinacionales (Baubök, 1999: 173-184; Máiz, 2001: 94).

Este sistema —instrumentado por algunos partidos en su interior o

defendido en sus programas electorales o en políticas concretas— implicaría

incrementar las probabilidades de que integrantes de estos grupos

accediesen realmente a cargos públicos y permitiría que ejercieran prácticamente

derechos individuales de ciudadanía, tales como ser representantes

o desempeñar cargos públicos (Phillips, 1999: 252; Aguiar, 2001: 28-30).

La introducción de la modalidad de cuotas puede suponer el establecimiento

de segmentaciones entre el electorado; asegurar la paridad en el

establecimiento de las listas electorales —ésta sobre todo para asegurar la

presencia de las mujeres—;3 diseño de circunscripciones diferenciadas, etc.

(Martínez, 2000: 140; Aguiar, 2001: 30). La propuesta global supondría

que en los órganos representativos estuviesen representados de forma

permanente grupos con características culturales diferenciadas y con

una determinada base territorial. Estos grupos, además, deberían tener

reconocido el derecho al autogobierno. Junto con ello, los segmentos que

no tuviesen un sustrato territorial, pero que hubiesen estado sometidos a

discriminaciones, tendrían una presencia temporal en los mismos órganos

representativos. Esta discriminación positiva no permanente permitiría

actuar en contra de la marginación y a favor del logro real de la igualdad

política (Kymlicka, 1996: 136-150). La institucionalización de modelos

estatales organizados sobre la pluralidad favorecería la tolerancia y la

igualdad, al mismo tiempo que garantizaría los derechos de todos los

ciudadanos y minorías (Máiz, 2001: 94). Finalmente el objetivo podría

ser el diseño de institutions for political reconciliation que posibilitasen una

mayor igualdad efectiva en el proceso de toma de decisiones y lograr

que todas las opiniones e intereses fuesen adecuadamente expresados,

organizados y representados (Dahl, 1973: 18-25).

2. La acción del representado: la representación como receptividad

Señalábamos de forma previa que la representación se construía a partir

de la relación que se establece entre ciudadanos y políticos. Uno de los

escenarios en los que se vertebra ese esquema relacional se articula sobre

las señales emitidas por los ciudadanos y las políticas instrumentadas,

correspondencia denominada como receptividad. Como se ha referido,

unos representantes demostrarán su receptividad si ponen en marcha

las medidas percibidas por los ciudadanos como óptimas.

Las líneas de análisis que vamos a considerar en este apartado son las

que se orientan a destacar los límites de algunos instrumentos clásicos de

la representación política en su vertiente de receptividad. En concreto,

aquellos mecanismos que permiten que los ciudadanos hagan llegar sus

demandas a los políticos; los instrumentos que posibilitan la participación

de los ciudadanos en el proceso de conformación de los órganos

que toman las decisiones; la propia elaboración de la decisión, así como

el proceso mediante el cual se discute y se llega al acuerdo de qué disposición

se va a tomar (o no). Es decir, veremos los límites y críticas a los

mecanismos que tradicionalmente han sido utilizados por los ciudadanos

para hacer llegar sus peticiones a los representantes —las fórmulas

de participación política como el voto, la firma de escritos, manifestaciones,

etc.— y las propuestas alternativas para mejorar la participación

de la población en la configuración de quiénes serán los representantes

y, sobre todo, el proceso de toma de decisiones.

Uno de los principios que caracterizaría a la democracia representativa

sería la elección de los representantes a intervalos regulares (Manin, 1998:

90-94). Los comicios electorales se configuran como el mecanismo por

antonomasia a través del cual se vertebra la participación de la ciudadanía

en la gestión de los asuntos públicos. Ya se han referido de forma previa

ciertas ventajas e inconvenientes que las diversas modalidades de sistema

electoral tienen en cuanto instrumentos de conversión de las preferencias

de la sociedad en puestos de representación política. Algunos sistemas

electorales —o elementos concretos de los distintos modelos— generan

disfunciones en la concreción de lo que ha sido denominado como

dimensión descriptiva de la representación. Como se ha analizado, los

sistemas mayoritarios dificultan la conversión de las diferentes tendencias

presentes en la sociedad a puestos de representación, de forma que

los electores que se orientan por partidos minoritarios tienen menos

incentivos para participar en el proceso electoral. Incluso los modelos

proporcionales tienen disímiles niveles de desproporcionalidad ya que

el modelo elegido, el tamaño de la circunscripción, la barrera electoral

son, entre otros, elementos que influyen en la proporcionalidad. La primacía

de la búsqueda de gobernabilidad y estabilidad del gobierno son

variables que influyen, negativamente, en el diseño de una democracia

que posibilite una mayor participación de la ciudadanía en la gestión

de lo público.

Otro conjunto de críticas, y de propuestas, que se han realizado al modelo

representativo se construyen sobre la premisa de que hay que explorar

nuevos mecanismos que posibiliten que los ciudadanos se involucren de

forma activa en el proceso de toma de decisiones. Son las que pueden ser

agrupadas genéricamente como defensoras de una democracia participativa

(Held, 1996: 306-318). Parten de la consideración de que el voto no es

un instrumento de participación suficiente, ni tampoco la modalidad más

eficaz para influir en el proceso político. La constatación de esta realidad

estaría en la base de la extensión de fenómenos de desafección política

y de incremento de la separación entre representantes y representados.

Simultáneamente, la consideración del voto como herramienta insuficiente

de participación (Putnam, 2002: 46) e influencia habría fomentado

las demandas de que es necesaria una nueva forma de participación política

más directa, independiente e igualitaria (Kitschelt, 2001: 364). De

esta forma, las limitaciones de los mecanismos representativos existentes

habrían fomentado las solicitudes para contar con nuevas herramienLA

tas de participación política (Subirats, 2001: 33-34). Desde otra perspectiva,

las demandas de formas de intervención política complementarias

responderían a la activación de la subpolítica en contraposición con la

inmovilidad evidenciada por las instituciones gubernamentales, por

la política, de forma que “la constelación política de la sociedad industrial

se está haciendo apolítica, mientras que aquello que en el industrialismo

era apolítico está deviniendo político” (Beck, 1997: 34).

Los planteamientos de la democracia representativa se construyen

sobre la idea de que los individuos son agentes que actúan por interés y

el gobierno es el encargado de controlar y regular los diversos y distintos

intereses. En oposición, la democracia participativa parte de la consideración

de que los individuos son ciudadanos que se autogobiernan mediante

el diseño de instituciones que posibilitan la participación de la ciudadanía

en la formulación de la agenda, el proceso deliberativo, la legislación y la

instrumentación de las políticas. La participación provoca que los individuos

se conviertan en ciudadanos, incrementa su nivel de compromiso con

los demás (Barber, 1984: 267-307), facilita la consolidación democrática,

favorece la resolución de los conflictos al interior de la democracia (Subirats,

2001: 39), crea y fomenta (o viceversa) el capital social (Putnam,

2002: 201-202). La legitimidad de los modelos democráticos actuales

—en los que tienen plena vigencia la libertad negativa y los derechos

individuales— sólo puede asegurarse con la participación de los ciudadanos

que se comprometen en un proyecto común y se sienten vinculados

con el resto de las personas (Taylor, 1999: 146-147)

Estos planteamientos han recibido diferente tipo de críticas. Unas

articuladas sobre lo que se considera es su excesivo carácter idealista al

construir su existencia en función de las denominadas virtudes cívicas de

los individuos (Fiorina, 2002: 527-540; Subirats, 2001: 38) y que destacan

como significativo inconveniente el hedonismo, el relativismo de valores

y el esquema individualista en el que se desarrolla la vida de los ciudadanos

occidentales (Siedentop, 2000: 47-63). Otras, argumentando que la

participación no dota de valor añadido al proceso de toma de decisiones

y debilita, por el contrario, los fundamentos de las instituciones representativas

(Subirats, 2001: 37). También se ha destacado que cualquier

proceso deliberativo precisa de la participación efectiva (y física, cara

a cara) de un elevado número de individuos y asociaciones si lo que se

pretende es que la política no se convierta en “más estridente y menos

equilibrada” o “si nuestra concepción de la política y la democracia es

más amplia que una defensa de intereses estrechos” (Putnam, 2002: 462

y 465). Sin embargo, la mayoría de argumentos que defienden la democracia

participativa no patrocinan una sustitución radical y un abandono

de los mecanismos representativos (Brugué y Gallego, 2001: 58). Más bien

propugnan el desarrollo de una serie de procedimientos que posibiliten

la participación más efectiva de los ciudadanos, que sean complementarios

con las instituciones representativas y que incorporen medidas que

protejan a los ciudadanos, considerados individualmente, y a las minorías

(Barber, 1984: 270-300). En este sentido, desde los planteamientos que

defienden una mayor representatividad de las instituciones, también se

incide en que es preciso en los nuevos modelos participativos guiarse

por los procesos de permeabilización social y fortalecimiento de la

presencia de los sectores más desfavorecidos tradicionalmente. Con ello se

lograría además una mayor legimitidad del sistema, tanto por el recurso

a prácticas participativas —pues éstas logran involucrar a los sectores

sociales más afectados por las decisiones— como por seguir principios

más acordes con la realidad social (Young, 2000: 5-6).

Son muchas las proposiciones concretas que se realizan sobre cómo

—y en que ámbitos— ir introduciendo los mecanismos de la democracia

participativa, bien en el ámbito local y la elaboración de presupuestos, bien

en el diseño de una política concreta, bien en la administración pública

(Font, 2001). Otras propuestas se han orientado a utilizar las posibilidades

que ofrece el uso de la técnica y que han sido denominadas democracia

electrónica. Se argumenta que con el recurso a la telemática es posible que

los ciudadanos sean consultados de forma directa y expresen su opinión

sin necesidad de la intermediación que realizan los representantes (Cairo,

2002). Con ello se potenciaría el debate y el intercambio de información

sin que se produzca tampoco ninguna mediatización por parte de los

medios de comunicación de masas o de cualquier otro actor (Castells,

2001: 179-180). Los cuestionamientos más sustantivos a estas propuestas

se refieren a la dificultad para que todos los ciudadanos accedan a

los conocimientos que el proceso de toma de decisiones de los complejos

estados actuales precisan (Sartori, 1999: 5-6) y a la calidad del proceso

colectivo de reflexión y comunicación (Cotarelo, 2002: 11; Putnam, 2002:

458-473). Otros argumentos insisten en que estos instrumentos priorizan

la búsqueda de públicos más globales mediante la teatralización de la

política sin asegurar el acceso igualitario de individuos y países ni a las

nuevas tecnologías ni al poder (Nye, 2003: 86-105).

Si bien los planteamientos que siguen son complementarios para los

modelos denominados como democracia participativa, un tercer bloque

de argumentación se construye no tanto sobre cuáles son —y en qué ámbitos—

los mecanismos que posibilitan la participación de los ciudadanos

en la gestión de los asuntos públicos, como en el proceso y la calidad de la

discusión pública que acontece (o debe acontecer) cuando se instrumenta

(o no) una decisión (Fearon, 2001: 130-160). Se constata que hay un crisis

de legitimidad del sistema y se argumenta que la explicación de la misma

hay que encontrarla en la tecnificación de la política que ha provocado

la exclusión de la ciudadanía del debate público. Cada vez más un mayor

número de cuestiones se ha sustraído de la discusión pública, lo que ha

provocado tanto la despolitización de la ciudadanía como la crisis de

legitimidad. Se constata, prácticamente en la mayoría de modelos representativos

tradicionales, una disminución de la participación ciudadana

en las elecciones, pero también en los partidos, en los sindicatos, en las

iglesias, esto es, en algunos de los espacios donde se generaba, en esos

contextos nacionales, capital social y que propugnaban la solidaridad con

los demás. Se argumenta que ese proceso (que se refuerza mutuamente)

se ha acompañado de un crecimiento de formas de vinculación social

más individual y menos sólida, hecho que puede dificultar la consecución

de objetivos de naturaleza colectiva. Esta privatización del capital social

podría provocar un socavamiento de los mecanismos tradicionales de

participación política de forma que

podríamos describir esta tendencia presentándola como la transformación

de una política que requiere capital social en otra profesionalizada que

recurre a los medios de comunicación. Una de sus consecuencias sería

una reducción de las posibilidades de deliberación directa por parte de

los ciudadanos y de encuentros cara a cara entre personas discrepantes

(Putnam, 2003: 648).

La propuesta genérica para evitar estos escenarios se articula sobre la

necesidad de incidir en la comunicación entre los distintos niveles de

la vida política y llevando el debate desde el ámbito de las denominadas

esferas del poder al espacio público. Sólo así será posible repolitizar a la

ciudadanía y reforzar la legitimidad del sistema (Lukes y García, 1999:

3-5). El énfasis se construye sobre la necesidad del debate, de forma que

este conjunto de ideas recibe el nombre genérico de democracia deliberati692

va. Se ha establecido una diferenciación entre poder comunicativo y poder

administrativo, de modo que la

influencia de las opiniones que compiten en el espacio público político y el

poder comunicativo formado conforme a los procedimientos democráticos

en el horizonte de ese espacio público, sólo pueden tornarse efectivos si,

sin intenciones de conquistarlo, operan sobre el poder administrativo para

programarlo y controlarlo (Habermas, 1998a: 148),

de forma tal que los ciudadanos puedan intervenir decisivamente en la

conformación de la decisión y de la voluntad manteniendo simultáneamente

la legitimidad del sistema.

El objetivo es que todos los afectados por una decisión —o sus representantes—

han de involucrarse en el proceso que conducirá a la misma,

de forma que el debate abarque a gobierno y ciudadanos y se produzca,

igualmente, en el interior del propio gobierno (Stewart, 2001: 78). La

deliberación favorece la educación y la tolerancia de los ciudadanos.

Hace que sea necesario que se justifiquen las demandas, provoca que

las decisiones sean mejores en términos de justicia distributiva y que se

llegue a amplios consensos sobre las disposiciones. Con ello se legitiman

las decisiones y se incrementa la calidad de la democracia, si bien

la legitimidad no está tan relacionada con el producto final como con el

propio proceso de deliberación (Cohen, 2001: 249-250). Con las prácticas

deliberativas el consenso es más factible que el conflicto ya que facilita

el desarrollo de planteamientos cooperativos, la confrontación dialéctica

de diferentes conceptualizaciones sobre el interés general y el bien común.

Se defiende que el proceso de discusión establecerá finalmente un orden

en las preferencias y que la comunicación intrínseca a la deliberación se

guiará en ausencia de la manipulación (Cohen, 2001: 244-248). Pero esta

idea ha sido criticada en la medida en que se considera que no es posible

garantizar que la manipulación no esté presente en el proceso deliberativo

(Maravall, 1999: 156-157) o que la deliberación puede provocar que la

ciudadanía defienda opiniones que no corresponden con sus intereses

(Przeworski, 2001: 184-189). Sobre todo será necesario vertebrar mecanismos

que impidan que, al igual que ha acontecido históricamente, la

opinión y los intereses de los grupos más desfavorecidos o minoritarios

queden sistemáticamente marginadas (Young, 2000: 7-20).

En el ámbito de lo que se denomina como democracia deliberativa se

han realizado diferentes propuestas concretas sobre cómo generar ese

espacio común donde se debaten cuestiones de interés y se llega a una

decisión. Algunas de ellas defienden la realización de encuestas de opinión

deliberativas que tendrán como objetivo proporcionar a los decisores

políticos el sentir de la población ante cuestiones concretas. Otras son

modalidades diferenciadas que propugnan la conformación de grupos de

ciudadanos —minipopulus— que realizan un proceso deliberativo durante

un periodo de tiempo y que llevan a cabo propuestas sobre políticas

concretas (Stewart, 2001: 79-91; Dahl, 1992: 408).

3. La representación como rendición de cuentas

Una de las principales críticas que se vierten sobre el modelo representativo

se fundamenta en la dimensión de la accountability. En su vertiente

horizontal, las prácticas políticas desvirtúan en numerosos escenarios la

efectividad de los diseños institucionales. En el siglo XIX, por ejemplo,

algunos autores como Bentham defendieron la necesidad de establecer

un amplio sistema de controles sobre las instituciones —sobre sus detentadores—

que evitase el abuso de poder, lo que se fundamentaba sobre

todo en su convencimiento de que los políticos tendían a comportarse

primando sus propios intereses egoístas (Colomer, 1991: 16-20). Así

se defendía, entre otras, la necesidad de controlar a los gobernantes

mediante la publicidad de todas las acciones de los políticos y de hacer

responsable de cualquier decisión de un funcionario público a su superior

jerárquico. El objetivo era tanto posibilitar la participación de la ciudadanía

en la designación de los gobernantes como el control de la misma

sobre su destitución (Moreso, 1992: 365-366), destacándose con ello que

el sólo diseño institucional de poderes y controles no era suficiente para

hacer efectiva la rendición de cuentas por parte de los detentadores de

cargos públicos. Más recientemente se han propuesto mecanismos que

posibiliten que los legislativos sancionen al ejecutivo por no poner en

práctica adecuadamente sus decisiones o que el judicial pueda criticar

al legislativo si las leyes elaboradas no se ajustan a los textos constitucionales

(Pettit, 1999: 301). Estas cuestiones son especialmente relevantes;

algunas de ellas serán analizadas en el proyecto de investigación, si bien

en estas páginas nos centraremos en la rendición de cuentas en su vertiente

vertical.

Si el poder reside en el pueblo, éste debe de contar, también, con los

instrumentos precisos para la exigencia de tal rendición de cuentas. “El

demos debe ser el único que cuente con la oportunidad de resolver cómo

se ordenarán, dentro del programa de acción, las cuestiones que deben

decidirse mediante el procedimiento democrático” (Dahl, 1992: 140).

Y dentro de esas puntos también se incluyen las condiciones y mecanismos

a través de los cuales delegará su autoridad, así como los procedimientos

a los que recurrirá para el control de la delegación y del programa

de acción (Dahl, 1992: 141). Como hemos visto, el procedimiento por

antonomasia en el modelo representativo para realizar la delegación

—para dotar de autoridad— se concreta en las elecciones. Éstas son el

instrumento clásico de participación ciudadana en la designación de

quienes han de ser sus representantes y, por ende, la forma tradicional

de involucrarse en el proceso de toma de decisiones. Pero los comicios

electorales, como se ha referido, presentan una importante vertiente en

cuanto mecanismo de rendición y exigencia de cuentas. En las elecciones,

los ciudadanos pueden realizar un voto de carácter prospectivo, pero

también retrospectivo, evaluando la acción de sus representantes durante

el periodo inmediatamente anterior.

Una de las primeras cuestiones que relaciona accountability con elecciones

remite a la existencia —de forma previa a los comicios— de un programa

electoral. Mediante las elecciones se establece un contrato entre votantes y

representantes que se configura sobre la base del cumplimiento de dicho

programa político. El, habitualmente, escaso nivel de conocimiento de

la ciudadanía sobre los contenidos de los programas electorales de los

partidos en competición4 y las cercanías ideológicas y programáticas de

los partidos políticos son argumentos a los que se recurre para señalar

que, cada vez más, las formaciones políticas “acuden a la masa de temas

disponibles en el mercado libre para entresacar de ellos los presupuestos

pragmáticos de su ulterior existencia” (Beck, 2000: 41), perdiendo por

el camino también su vertiente utópica y transformadora.

Con independencia de lo precisado, el programa electoral configura el

simbolismo del contrato entre políticos y ciudadanos. Y su existencia nos

introduce en el debate sobre el mandato imperativo y el sometimiento

de los representantes a la disciplina de su partido. La concepción de la

representación contenida en el mandato representativo, a diferencia del

imperativo, implica que los diputados no pueden ser obligados a seguir

instrucciones de los electores. En la idea del mandato representativo

va implícito un estilo de representación basado en la libertad de voto

del parlamentario que pasa a ser una persona de confianza que decide

de acuerdo con su propio criterio y no actúa como mero emisario de la

voluntad de sus representados. El asentamiento de los partidos políticos

en las democracias representativas produjo importantes modificaciones

en este modelo, que sin embargo no se han traducido en una revisión

exhaustiva de la teoría de la representación (Garrorena, 1991; Thomassen,

1994). Aunque es habitual que los textos constitucionales contengan

una prohibición expresa del mandato imperativo entre electores y representantes,

en la práctica éste ha sido sustituido por un mandato de facto

muy fuerte entre los representantes y las cúpulas de los partidos. Como

señalan diferentes autores, el verdadero mandato representativo es el que

liga a electores y representantes, pero este mandato está acompañado del

mandato imperativo que caracteriza la relación entre los representantes

y las cúpulas de su partido (Garrorena, 1991; Porras, 1994).

La denominada independencia de los diputados en su actividad

parlamentaria se refleja, en la práctica, en cuestiones como la disciplina

de voto en el seno de los grupos parlamentarios. En el modelo de

representación de partidos, la independencia del diputado se sustituye

por la disciplina de voto, que garantiza el comportamiento coordinado

de los diputados de un mismo grupo. Se argumenta que la cohesión del

partido es fundamental para posibilitar el cumplimiento del programa

del partido que gana las elecciones, al mismo tiempo que disminuye la

incertidumbre en los electores respecto de la instrumentación efectiva

de las promesas realizadas por dicha formación en el momento de la

campaña electoral. Si la autoridad del partido sobre el representante no

existe, entonces los electores no tendrán capacidad para influir sobre el

contenido de las políticas y exigir la rendición de cuentas (Thomassen,

1994: 251). Igualmente se ha destacado que, sobre todo, los sistemas

parlamentarios precisan de una condición necesaria tal como es la disciplina

de los partidos (Sartori, 1994: 112).

Esta idea nos remite a una segunda vertiente de análisis: la que se

establece entre el nivel de correspondencia entre promesas electorales

y decisiones de los representantes. En la medida en que el programa

electoral es identificado como un contrato entre representados y repre696

sentantes, éstos deben sujetarse en sus acciones a los contenidos establecidos

en dicho programa. El argumento en contra de este presupuesto

se fundamenta sobre el hecho de que, cuando un individuo accede a

un puesto de representación, lo hace también al conocimiento de una

mayor información. La misma puede desaconsejar la instrumentación

de medidas que habían sido propuestas durante la fase de campaña

electoral (Maravall, 1999: 159-160). A la vez, también es factible considerar

que el contexto nacional o internacional haya experimentado

un proceso de cambio importante que también haga desaconsejable la

puesta en práctica de promesas electorales (Manin, Przeworski y Stokes

1999: 38-42). Finalmente, nos encontramos en escenarios donde no hay

correspondencia entre las políticas que se defendieron durante la fase

previa a las elecciones y las que se echan a andar y/o se defienden una

vez concluido el proceso electoral (Stokes, 1999: 98-103).

El proceso de toma de decisiones se puede ver, por tanto, sometido a

la tensión entre responsabilididad y receptividad (Sartori, 1992: 230-236).

El ejercicio del poder de forma responsable puede llevar a la puesta en

práctica de medidas que estén en contradicción con lo que se prometió,

generando un escenario en el que no hay ningún mecanismo (excepto si

consideramos como tal las elecciones posteriores) para asegurar que la

decisión del elector sea respetada (Stokes, 1999: 110). Pero, incluso en

este esquema, los electores no están exentos de verse influidos por ciertos

factores, como un determinado tipo de liderazgo por ejemplo, que los

hagan cambiar de opinión. Esto es, incluso en el supuesto de una promesa

electoral muy específica y conocida por todos los votantes, pueden

verse sometidos a un proceso —comunicativo, por ejemplo— destinado

a modificar su opinión. De hecho, los políticos cuentan con un margen

de acción relevante que les permite manipular la opinión de los ciudadanos

para lograr un mayor margen de acción en sus políticas (Maravall,

1999: 156-157; Stokes, 2001: 161-178). Por otra parte, con la que se ha

denominado complejización de las decisiones en el ámbito público se

ha ido produciendo una disminución en la cantidad y calidad de la información

que se transmite a los ciudadanos, al mismo tiempo que una

disminución en la transparencia de los órganos del Estado. Simultáneamente

ha ido aconteciendo una creciente disociación entre gobernantes

—electos y legitimados a través de las urnas— y niveles administrativos,

los cuales no se encuentran legitimados, si bien condicionan las

decisiones (Porras, 1996: 22-23).

Se ha insistido en que, en la medida en que los representantes se

guíen por la búsqueda de medidas populares, por la satisfacción de

intereses particulares, por los escenarios inmediatos, sin llevar a cabo

un análisis prospectivo sobre las implicaciones de sus (no) decisiones y

dejen de perseguir, sobre todo, el interés general, se podrá estar ante

unos representantes que son receptivos, pero no son (o lo son escasamente)

responsables (Sartori, 1992: 230-236). Sin embargo, no puede considerarse

que haya un solo sentido de utilidad pública, de metas sociales, de

bien común: “no es intelectualmente defendible la postura según la cual

las elites de la política pública (reales o presuntas) poseen un saber moral

superior o mejores conocimientos de lo que constituye el bien común”

(Dahl, 1992: 404). Prescindir de, o debilitar los mecanismos de exigencia

de receptividad y de accountability en función de un posible criterio de

responsabilidad podría conducir a un debilitamiento del propio modelo

democrático (Dahl, 1992: 404).

Las propuestas para mejorar los mecanismos de rendición de cuentas

pasan en su mayoría por involucrar más a los ciudadanos en los procesos

de toma de decisiones. Una medida concreta sería la configuración de

redes —policy networks— constituidas por todos los sectores que pueden

estar involucrados en el diseño y puesta en marcha de una política pública

y que cubrirían un amplio abanico —creciente— de campo de actuación

(Vallespín, 2000: 132-133), tanto en ámbitos temáticos como en niveles

de gobierno (Brugué y Gomà, 1998: 17-23). Otra alternativa ha propuesto

la creación de minipopulus orientados a deliberar sobre una cuestión

específica y que al cabo de un tiempo —un año— daría su opinión, que

sería considerada como el veredicto del propio demo (Dahl, 1992: 408). En

términos generales, la mayor parte de las medidas propugnadas pueden

ser incluidas dentro de los planteamientos que defienden lo que se ha

denominado como democracia participativa y democracia deliberativa.

Estas corrientes —ya consideradas en el apartado anterior y sobre las

que no nos vamos a extender— otorgan una gran relevancia a la información

de la que disponen los ciudadanos. La rendición de cuentas exige la

publicidad de los actos y de las (no) decisiones de los representantes (Innerarity

y Canel, 2000: 347-348). Es necesario que la política sea publicitada.

Sólo con el acceso a la información se podrá contar con una ciudadanía

bien informada y que podrá participar. La publicidad de la política es

precisa para que pueda existir un público raciocinante (Habermas, 1981,

cit. en Innerarity y Canel, 2000: 348). La calidad de la accountability está

relacionada con la existencia de pluralismo informativo y de medios de

comunicación independientes (Maravall, 1999: 163; Innerarity y Canel,

2000: 350-351). A través de la búsqueda de mayor imbricación de los

ciudadanos en la definición del bien común, de potenciar su control sobre

el programa de acción política, de evitar la posible tendencia a justificar

las decisiones en función de la complejidad, de participar efectivamente

en el debate público e influir en la elección de los temas, se potenciará la

democracia (Dahl, 1992: 406). En este esquema propositivo, el acceso a

la información es esencial, como también lo es la definición de la agenda.

No en vano se ha señalado que

la definición de las alternativas es el instrumento supremo del poder […].

Aquel que determina cuál es la principal preocupación de la política gobierna

el país, porque la definición de las alternativas es la selección de los

conflictos, y la selección de los conflictos atribuye poder (Schattschneider,

1960, cit. en Subirats y Gomà, 1998: 26).

Analizar cómo se llega a la definición de la prioridad de los issues y el

papel de los medios de comunicación5 en dicho proceso es una cuestión

capital para estudiar, entre otras cuestiones, la rendición de cuentas. La

función principal de los medios de comunicación en una democracia es

proporcionar a los ciudadanos la información que precisan tanto para

controlar la acción del gobierno como para elegir entre distintas opciones

políticas (Norris, 2001). Diferentes teorías se han elaborado en un

intento de responder a la cuestión de cómo se establece la prioridad de

los temas en el ámbito de lo público y qué actores intervienen en dicho

proceso, evidentemente con una especial atención al papel de los medios

de comunicación en el mismo. Completada con apreciaciones procedentes

de la teoría del framing, de la teoría del priming, dentro de la teoría

de la agenda-setting (Canel, 1999: 192-194) se ha realizado una serie de

investigaciones cuyas conclusiones iniciales tienden a demostrar que la

agenda política se establece mediante un proceso de competición entre

políticos, periodistas y público (McCombs y Shaw, 1993).

La teoría postula que los temas a los que los medios de comunicación

conceden más atención son los que finalmente el público termina por

identificar como los problemas más importantes en el país, de forma

que se estará influyendo en las cuestiones sobre las que centrará su

control y exigencia de rendición de cuentas. Este proceso tiene también

otras importantes implicaciones. En la medida en que la opinión de

la ciudadanía influye sobre las prioridades de los gobiernos, se estará

interviniendo en el tipo de temáticas sobre las que los representantes

centrarán su acción. La influencia de los medios de comunicación se

ha destacado en la configuración de una opinión pública dominante,

dentro de lo que se ha denominado la teoría de la espiral del silencio (Noelle-

Neumann, 1974). Se ha señalado que la opinión pública realmente

es la opinión dominante, no necesariamente la mayoritaria, en la medida

en que los individuos tienden a silenciar sus propias opiniones si

perciben que éstas no coinciden con las dominantes (Canel, 1999: 195;

Martín, 2002: 183-189). Finalmente, también se ha referido que el tipo

de información que priorizan los medios de comunicación (escándalos,

corrupciones, etc.) influye en el alejamiento de los ciudadanos de los

asuntos públicos y en el incremento de la desafección política. Las denominadas

genéricamente como videomalaise theories destacan que las

estrategias comunicativas de los medios tienen efectos perversos sobre

la participación política de la ciudadanía (Sabato, 1991; Sartori, 1998)

e incluso tienen un efecto desmovilizador de cara al compromiso cívico

y al capital social (Putnam, 2002: 290-330). En sentido contrario, también

se ha argumentado que las líneas comunicativas privilegiadas por

los medios contribuyen a un mayor conocimiento de los asuntos públicos

a pesar de todo. Y ello debido a que ponen a la población en contacto

con otras realidades culturales y existenciales diferenciadas de la propia

y provocan, también, debates y reflexiones de carácter moral, incluyendo

como tales las discusiones sobre los propios contenidos de los

medios de comunicación (Tomlinson, 2001: 202-212). Por otra parte, se

ha señalado cómo internet podría contribuir no sólo a incrementar la

participación de la ciudadanía en el proceso deliberativo y de toma de

decisiones, sino también como instrumento de control del gobierno. Sin

embargo, el tipo de uso que se realiza de internet desde las instituciones

hacia la ciudadanía no está provocando una mayor implicación de la

población en los asuntos públicos, de forma que

por ahora, en lugar de reforzar la democracia a base de fomentar la información

a los ciudadanos y su participación, los usos de internet tienden más

bien a profundizar la crisis de la legitimidad política, proporcionando una

plataforma más amplia a la política del escándalo (Castells, 2001: 180).

Por último, una cuestión que afecta la rendición de cuentas es la forma de

gobierno. En el debate sobre la forma de gobierno y la eficacia en la exigencia

de rendición de cuentas, se ha argumentado que ésta se ve favorecida

en mayor grado por el sistema presidencialista que por el parlamentario.

En la medida en que en los sistemas parlamentarios está fortalecido

el poder de los partidos sobre la elaboración de las listas electorales,

que el primer ministro marca la agenda de convocatoria de elecciones,

que controla a su mayoría parlamentaria, que la moción de censura no

tiene en la práctica virtualidad y que el mismo primer ministro puede cambiar

a los integrantes del gabinete sin dar explicaciones de sus decisiones,

los procesos de control se ven dificultados. En los modelos parlamentarios,

la rendición de cuentas no es realizada directamente por los que deciden

—miembros del gobierno en un sentido amplio— y sí por los integrantes

del parlamento, por el partido que sustenta al gobierno (Laver y

Shepsle, 1999: 279-295). Se trata, así, de una rendición de cuentas por

persona interpuesta. En sentido opuesto, al presidencialismo se le considera

responsable de generar situaciones de ingobernabilidad e inestabilidad,

dificultar el procesamiento de consensos, la más probable generación

de escenarios de suma cero, la posible existencia de apoyos partidistas

diferenciados para el presidente y el parlamento. Se identifica también

que en los regímenes presidencialistas hay más dificultades para exigir

responsabilidades en la medida en que la instrumentación práctica de

las fórmulas presidencialistas se acompaña, en numerosos supuestos,

de la no reelección, al menos inmediata (Linz, 1997; Mainwaring, 1990;

Stokes, 1999; Cheibub y Przeworski, 1999).

Aun cuando, con matizaciones derivadas de la forma de gobierno, uno

de los argumentos que están presentes desde hace años en los análisis

sobre la debilidad en la exigencia de rendición de cuentas es el denominado

declive del parlamento, cuestión que ha llegado a ser un tópico

(Dahl, 1973: 395-397). Ya en el primer tercio del siglo se hablaba de una

crisis del legislativo provocada, en términos generales, por un exceso de

parlamento (Wheare, 1981: 221). En la actualidad, el concepto de crisis

sigue enmarcando cualquier reflexión sobre la institución parlamenta

ria, si bien se articula sobre otros presupuestos el origen causal de la

misma. Se arguye que la crisis del parlamento viene provocada por su

debilidad frente a otras instituciones del sistema político, en especial

frente a un ejecutivo fortalecido (Montero, 1990: 105) que acumula

funciones que correspondían antaño al legislativo. Los fenómenos de

extensión de la participación, con la consiguiente incorporación al parlamento

de intereses plurales y, en gran medida, antagónicos; la progresiva,

y cambiante, articulación de la participación política a través

de las organizaciones partidistas; la refeudalización de la política y la

globalización de esta esfera han provocado cambios transcendentes en

los sistemas políticos. Y estas modificaciones han afectado el equilibrio

preexistente, necesariamente inestable, entre los diferentes poderes que

era propugnado por el liberalismo clásico. Cuando se defiende la crisis

en la que se encuentra inmersa el parlamento se hace, en muchas ocasiones,

relativizando la transcendencia de estos cambios que han provocado

que el ejecutivo haya ido asumiendo la realización de otras funciones las

cuales, se olvida, con anterioridad ninguna institución realizaba. Ello

significaría que si bien el ejecutivo ha ampliado su campo de actuación,

este proceso no lo ha recorrido a expensas de privar al legislativo de

algunas funciones que antes desempeñaba y, de hecho, el parlamento ha

incrementado, igualmente, sus poderes y ha diversificado sus funciones,

aun cuando en relación con el ejecutivo se ha debilitado (Wheare, 1981:

223). La denominada crisis del parlamento se establece a partir de la

comparación con una institución parlamentaria que, en gran medida, es

producto de una construcción ideal. Esto es, se compara el parlamento

actual con un modelo mítico enclavado en una supuesta edad dorada del

parlamento decimonónico, en el que los parlamentarios, independientes

y generalistas, discutían de forma libre e irrestricta acerca de todas las

cuestiones de interés general y decidían con igual libertad y autonomía

de criterio (Loewenberg, 1971: 9-10). Evidentemente, el resultado de

la comparación es negativo para el parlamento actual en la medida en

que está supeditado a las directrices que le llegan desde el ejecutivo,

de las cúpulas de los partidos o de mesas de concertación y, de esta forma,

los parlamentarios sólo refrendan, disciplinadamente, lo acordado

en otras arenas.

Quienes acuden a este esquema relacional tienden a obviar que las

características de aquellos sistemas políticos eran bastante diferentes de

los actuales, entre otras cosas debido a que la mayoría de la población

no tenía cabida en los mismos. Parece, por tanto, más operativo analizar

la institución parlamentaria sin compararla con modelos ideales y atendiendo,

por el contrario, a la pregunta de si un parlamento, dentro de

un sistema político dado y en un periodo histórico concreto, cumple, y

cómo lo hace, objetivos relevantes para el sistema político (Santamaría,

1998: 14-15). La cuestión, por tanto, es establecer cuáles son las funciones

definitorias de la institución parlamentaria. Esta tarea es difícil en la

medida en que es extremadamente complejo elaborar una lista exhaustiva

de las funciones que un parlamento debe cumplir en la actualidad para

merecer tal nombre. Ello no implica que no se hayan realizado intentos

de clarificación de las funciones más relevantes, y, probablemente, la

taxonomía más aceptada sea la elaborada por Packenham: válvula de

seguridad, legitimación latente, legitimación manifiesta, reclutamiento

de la elite política, socialización de la elite política, legislativa, articulación

de intereses, resolución de conflictos, control del gobierno y de la

administración, socialización política ciudadana y atención a demandas.

Un listado de funciones que pueden, siguiendo a su autor, ser englobadas

en tres grandes grupos: legitimación, legislación y vinculación entre la

sociedad y el sistema político (Packenham, 1990: 86-89).

Como se ha mencionado, los cambios que han experimentado los sistemas

políticos de nuestro entorno en las últimas cinco décadas se han

acompañado del hecho de que el parlamento ha perdido el monopolio de

determinadas funciones y, en lo relativo a otras, comparte la ejecución con

nuevos actores. Una de las tareas de los parlamentos era la de constituirse

en foro de debate de cuestiones políticas y sociales. El desarrollo de los

medios de comunicación de masas, especialmente la radio y la televisión,

ha condicionado el ejercicio de esta función y es de esperar que lo haga

más en el futuro (Santamaría, 1998: 15). Incluso la atención a las quejas

de los ciudadanos es menos relevante que en el pasado, debido tanto a

la complejidad de las demandas que superan la capacidad y el tiempo

de los legisladores como al mayor desarrollo de la administración y a

la, en teoría, mayor cercanía de ésta con los ciudadanos (Wheare, 1981:

225-226). El fortalecimiento del ejecutivo frente al parlamento se debería

también a la fragmentación e inmovilismo de éste (Dahl, 1973: 25). El

parlamento ha dejado, igualmente, de ser la casi exclusiva instancia de

representación política. Los procedimientos neocorporativos y la expansión

de los nuevos movimientos sociales han implicado el cuestionamiento de

la capacidad y de la calidad de la representación ejercida por la institución parlamentaria. Los sistemas políticos se han incorporado a procesos

de integración al mismo tiempo que a los de globalización, todo lo cual

provoca que, cada vez más, las decisiones políticas excedan la capacidad

de maniobra de los parlamentos nacionales. La actividad política se ha

incrementado y complejizado como consecuencia de la expansión del

aparato estatal, fruto del desarrollo del Estado benefactor. No menos

importante es la evolución experimentada por las formaciones partidistas

que ha convertido a la institución parlamentaria en un parlamento de

partidos (Delgado, Martínez y Oñate, 1998: 18). Todo ello ha dejado su

impronta en la forma en la que los parlamentos realizan sus funciones

tradicionales, si bien, como se ha referido, los parlamentos

han operado siempre dentro de un margen sustancial de limitaciones.

Estas últimas podrían de hecho haber cambiado a lo largo de los años,

pero sería muy difícil justificar la idea de que la eficacia y autoridad de

las instituciones representativas se ha debilitado especialmente en los

últimos tiempos (Held, 1996: 263).

Lo que sí parece constatarse es que el parlamento ha visto transformar

la forma en la que tradicionalmente realizaba las funciones de control

de la acción del ejecutivo. Se ha ido generando un escenario que

ha sido denominado como de responsabilidad política difusa. Ésta no se

concretaría en manifestaciones parlamentarias, ya sea por el control del

partido del gobierno de la mayoría parlamentaria, ya sea por el diseño

favorecedor de la gobernabilidad de algunos instrumentos de control

(Vilas, 1978: 119). El control se sintetizaría en la posibilidad de llevar

a cabo una serie de acciones, o de generar un conjunto de escenarios,

por la oposición en el parlamento, que podrían incidir en la opinión

pública de cara a las siguientes elecciones (Montero, 1990: 121; Lledó,

2001: 145-148), lo cual también remite al papel de los medios de comunicación.

De esta forma, el parlamento habría transformado también los

procedimientos tradicionales para exigir responsabilidades al ejecutivo

y todo ello incidiría en la propia rendición de cuentas, esto es, la última

de las dimensiones de la representación política considerada.

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Recibido: 18 de septiembre de 2003.

Aceptado: 13 de abril de 2004.

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